Ahí están los terribles datos sobre los rebrotes del coronavirus. La sensación es que está desmadrado y fuera de control, a pesar de la cara de circunstancias y de supuesta tranquilidad que pone cada día el experto Fernando Simón. A nivel más cercano, los responsables del seguimiento de la pandemia, Igea y Casado, no ocultan cada día sus miedos, temores, incertidumbres y avisos. Apelan a la responsabilidad individual para evitar un descontrol total y el desbordamiento del primer dique de la sanidad pública, los centros de salud y el del posterior tsunami hacia los hospitales.

La pregunta, la gran pregunta es qué se ha hecho este verano para contener tanto rebrote. La pasada semana el Gobierno y las autonomías consensuaban una serie de nuevas medidas para frenar la expansión del virus y evitar una segunda oleada. Pero al final, esto sigue pareciendo el ejército de Pancho Villa, cada autonomía con su ocurrencia diaria, con su actualizado catálogo de prohibiciones, de amenazas y advertencias; bien, pero ¿y la coordinación efectiva?, ¿y la planificación para el inicio del curso escolar?, o ¿dónde está el aumento de plantilla de la sanidad pública? Prohibir las consultas presenciales o no descolgar los teléfonos en los consultorios o en los centros de salud no es la solución sino todo lo contrario. Es cierto lo que repite Igea que los profesionales sanitarios están agotados, claro, pero qué ha hecho la Junta para rebajar la tensión, fomentar la rotación, dar vacaciones, dotar de medios y de formación. No todo se puede basar en meter miedo en el cuerpo a unos ciudadanos ya temerosos por sí mismos ni de apelar continuamente a la responsabilidad individual, que está bien, pero es insuficiente. El ciudadano tiene la necesidad de sentirse protegido, atendido, respaldado y, en caso necesario, cuidado con profesionalidad y con todos los medios disponibles.

Y la sensación es la contraria, que España es la campeona europea en descontrol del coronavirus en un verano que ha roto todas las expectativas negativas. El presidente del Gobierno anuncia que suspende sus vacaciones para ponerse al frente de nuevo en la coordinación en la lucha contra el coronavirus, pero ¿debió marcharse de vacaciones con un país falto de un mando único y al borde del colapso sanitario y económico? Da la sensación de que se han perdido un par de meses preciosos para haber puesto mínimamente en orden este país desnortado. Se había conseguido en mayo y junio, pero lo conquistado se ha perdido en este verano, en el que parece que hemos tirado a la basura las conquistas sanitarias, sociales, económicas y asistenciales contra el coronavirus. Y, ahora vuelta a empezar.

Dicen los empresarios de Castilla y León que vista la cantidad de rebrotes de la pandemia, se temen lo peor para el inicio del otoño: baja demanda interna (el consumo no se levanta ni con los bonos de la Cámara de Comercio de León), aumento de la morosidad, incertidumbre fiscal y dificultades de liquidez. Dicho en otras palabras: ralentización de la recuperación económica, mantenimiento de altos niveles de desempleo,  precariedad laboral y cierre de miles de microempresa y actividades de autónomos.

Lo único que ha funcionado en este país en este verano ha sido la facilidad que tiene el Estado para endeudarse. La deuda pública ya va por el 110% del PIB y descontrolada hacia arriba. Se gasta mucho más de lo que se ingresa, a la espera del maná de los 140.000 millones que la Unión Europea debe entregar a España. Pero ese maná depende de algo que también se ha deteriorado este verano tirado a la basura: la necesidad de consenso político para presentar unos Presupuestos Generales del Estado creíbles y rigurosos.

Con los fiscales detrás de no sé qué acciones turbias de Podemos, Sánchez se encuentra más solo que nunca. Con el PP enrocado, los independentistas recobrando el aliento perdido, los regionalistas de todos lados exigiendo a ver qué hay de lo mío y Ciudadanos engrasando las bisagras de insuficientes acuerdos, el panorama económico, político y social es desolador.  Y desalentador. Este verano se ha llevado por adelante hasta aquel  eslogan ilusionante de “Este virus lo paramos unidos”.