Mientras Pedro Sánchez deshoja la margarita (me quiere o no me quiere Pablo Iglesias), el Instituto Nacional de Estadística (INE) acaba de editar un informe sobre el origen de la riqueza de los pueblos de España y una de las conclusiones no puede ser más demoledora para la provincia leonesa: las pensiones son la principal fuente de ingresos en 93 pueblos de la provincia. Es decir, los pensionistas salvan la economía local en gran parte de la provincia, sobre todo en las antiguas cuencas mineras, donde las pensiones (jubilaciones y prejubilaciones) son muy altas y en algunas zonas rurales. La España vaciada sostiene gran parte de la economía provincial. En estos pueblos los ingresos por pensiones son más altos que los generados por el turismo, la industria, el comercio o la agricultura.

Esta realidad es un espejismo. Vivir de las pensiones es una cuestión de tiempo. Cada defunción de un pensionista en uno de estos pueblos es una tragedia humana, social y económica. Un cliente menos para el bar, la tienda y la parroquia. Y la herencia que se deslocaliza hacia los lugares donde vivan los hijos. Lo saben bien en las pocas entidades financieras que aún mantienen abiertas sucursales en alguno de estos pueblos.

Por el contrario, los jóvenes huyen de estas zonas, ricas en pensionistas, pero sin futuro a medio y largo plazo. Con las minas cerradas, sin industria, con el comercio tradicional en declive y una agricultura y ganadería que cada vez necesita menos mano de obra, los jóvenes se urbanizan y marchan a las grandes ciudades en busca de empleos del siglo XXI.

El análisis de esta dura realidad vuelve locos a los responsables de las instituciones públicas. Buscan, pero no encuentran soluciones. Lo que puede valer para un pueblo (Almanza, por ejemplo) no es una alternativa viable para el vecino. Existen ya toneladas de ensayos sobre posibles soluciones a la España vaciada. Y todos coinciden que las soluciones pasan por el empleo, servicios de calidad, infraestructuras, respeto al medio ambiente y tecnología de banda ancha.

Sin embargo, la realidad es tozuda: los médicos no quieren trabajar en el medio rural porque no cumple con sus expectativas profesionales de futuro, los curas se agrupan en casas comarcales, los bancos cierran sus sucursales y los agricultores adaptan horarios de funcionarios que viven en la ciudad y se desplazan diariamente al pueblo a trabajar unas explotaciones cada vez más grandes y más mecanizadas. Ni siquiera los pueblos con polígonos industriales de referencia, como, por ejemplo, Villadangos, logran crecer en habitantes. La única industria que tiene un cierto recorrido en este erial es el sector de residencias de la tercera edad. Los ayuntamientos compiten por impulsar residencias de ancianos para que sus rentas pasivas no se deslocalicen.

Pero no hay que engañarse. Hoy por hoy, el modelo de vida del siglo XXI es el urbanita, no el rural. Tal y como lo reflejan machaconamente las redes sociales y los medios multimedia. La meca del consumo y del ocio es la ciudad. Eso es lo que nos venden y lo que nos han hecho creer. Así que los pensionistas de hoy, los que mantienen vivo el mundo rural, pueden ser los últimos supervivientes de una época que se diluye al mismo ritmo que ellos cumplen años.

Por todo ello, a estos pensionistas, que ya lo han visto casi todo, les da igual que Pedro Sánchez logre o no formar gobierno. Si no lo logra será una tragedia, pero a ellos, mientras no les toquen las pensiones, les da igual –ojo con el precedente de las huelgas en Francia en contra de la modificación del sistema de pensiones-. Para Pedro Sánchez (y para todos los pedrossánchez de todos los partidos) los pensionistas del mundo rural son activos descontados.