El abrazo de esta semana entre Pedro Sánchez (PSOE) y Pablo Iglesias (Unidas Podemos) sellando un principio de acuerdo para un gobierno de coalición ha generado enormes expectativas. La primera reacción fue de sorpresa. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas, gritó la ciudadanía. Parece que, al final, el estratega Pedro Sánchez era el único que no vio venir que el PSOE se iba a estancar en la noche del 10N, que iban a dar alas a la extrema derecha y al independentismo,  que el PP iba a subir y que Ciudadanos se la pegaba. ¿Tantos asesores para no percatarse de lo que todo el mundo veía venir? Después de 150 millones de euros –que no tenemos- despilfarrados en unas elecciones generales innecesarias, de una tensión territorial creciente que ha colocado al país al borde del abismo y de una inyección de moral innecesaria a la ultraderecha; después de seis meses tirados a la basura, con la economía al borde de una nueva recesión –la deuda pública descontrolada- y con la moral de la ciudadanía carcomida por los efectos del irracional bloqueo; bien, después de todo esto Sánchez rescata el apolillado uniforme del general Espartero e Iglesias el del general Maroto y ambos, sobre las ruinas de un país desgastado, casi arruinado, atemorizado y colapsado, se dan un abrazo más cinematográfico que sincero. Ya se sabe en qué acabó aquel abrazo de Vergara que ponía fin a la primera guerra carlista: fue un cierre en falso de la crisis, un fracaso que propició otras dos guerras civiles carlistas a lo largo del siglo XIX.

El abrazo Sánchez-Iglesias es sólo el inicio de una carrera para alcanzar un gobierno de coalición. Por de pronto, el Ibex 35 ya ha mostrado su rechazo, con fuertes caídas en Bolsa, sobre todo, de los bancos. Ay, los bancos, una parte importante del poder fáctico de este país, que sólo muestran sensibilidad frente  a su cuenta de resultados y a los dividendos de sus accionistas. El cliente es sólo el pagano.

Los partidos del centro derecha, por su parte, se debaten en su propia contradicción sobre si hubiera sido mejor o peor una coalición transversal al estilo alemán y no dejar a un PSOE acorralado la única salida del abrazo con Unidas Podemos. Ahí anda el gallego Feijoo, haciendo el ídem, tratando de alentar la reflexión en el seno del Partido Popular o el veleta de Igea, el líder de Ciudadanos de Castilla y León, proponiendo romper los acuerdos de gobierno con el PP a cambio de que a nivel nacional el PSOE no culmine su pacto con Podemos. Cómo está el patio.

Dado el proceso de liquidación que se vive en Ciudadanos, al PSOE de Sánchez no le queda más remedio que avanzar en su farol y, al final, tropezar en la misma piedra del pactismo con los independentistas catalanes, algunos de los cuales tendrán que abstenerse para facilitar la investidura de Sánchez. Pura contradicción sanchista. Un tiro en el pie de un PSOE ya muy maltrecho con tanta incoherencia. La política española se ha convertido en un auténtico tobogán, en un parque temático del horror.

La izquierda española está ante el gran reto histórico de la España moderna. El abrazo Sánchez Espartero e Iglesias Maroto es el gesto forzado de dos personas que nunca se han entendido, que se producen insomnio, con estrategias totalmente dispares y que no congenian. ¿Cómo casar estos odios en un proyecto político e futuro? En manos de estos dos generales está el futuro de España.